Neuroarquitectura, cómo influye la arquitectura en nuestra vida
16-10-2020

Neuroarquitectura, cómo influye la arquitectura en nuestra vida

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Tu bienestar está estrechamente relacionado con el espacio en el que vives y trabajas. Por ello, la neuroarquitectura resulta de vital importancia para concebir tanto las ciudades presentes como las futuras. Te explicamos de qué se trata, cómo nació y cuáles son sus características. 

 

¿A qué nos referimos con neuroarquitectura?

Es una disciplina en la que los neurocientíficos y los arquitectos trabajan codo con codo por un objetivo común: crear espacios que potencien la felicidad, la productividad y, por supuesto, la calidad de vida. La neuroarquitectura, por consiguiente, analiza cómo los edificios afectan a tu estado anímico. En definitiva, apela a las emociones. Atendiendo a que el 90 % del tiempo que estás despierto lo pasas dentro de un lugar cerrado, no cabe duda de que este es un recurso de gran ayuda para reducir en la medida de lo posible dos trastornos tan arraigados en la sociedad contemporánea como el estrés y la ansiedad.

 

¿Cuál es su origen?

A mediados de la década de los cincuenta, el investigador y virólogo estadounidense Jonas Salk pasó varios años encerrado en un oscuro sótano de la Universidad de Pittsburgh tratando de encontrar una vacuna contra la polio. Por mucho que puso todo su empeño en ello, nunca logró encontrar la ansiada cura en aquel entorno tan claustrofóbico. Sin embargo, su suerte cambió cuando decidió pasar una temporada en el pueblo medieval italiano de Asís, concretamente en el Convento de San Francisco. Allí, paseando entre sus espectaculares claustros, finalmente sus ideas volvieron a fluir y halló la semilla de la ansiada vacuna. Una vez de vuelta a su país natal, convencido de que aquel inspirador lugar había sido el culpable de su hazaña médica, Salk reclutó al arquitecto Louis Kahn para que construyera entre 1959 y 1965 en La Jolla, California, el Instituto Salk de Estudios Biológicos. Dicho centro de investigación, nacido con la voluntad de fomentar la creatividad de los investigadores, es considerado el mayor icono de la neuroarquitectura. A su vez, fue el origen para la creación en el 2003 de la Academia de Neurociencias para la Arquitectura (ANFA) en San Diego, el mayor divulgador en nuestros días de esta tendencia.

De todos modos, Kahn no es el padre propiamente dicho de la neuroarquitectura. Con anterioridad, a lo largo de la historia, se han construido todo tipo de edificaciones con la capacidad de transmitir ideas, estados de ánimo y sentimientos a la gente. Sin ir más lejos, ahí están las pirámides egipcias, las monumentales catedrales que proliferaron en Europa o la grandiosidad del Palacio de Versalles, ejemplos arquitectónicos que generan emociones en las personas que los recorren, observan o visitan.

 

 

¿Cuáles son los aspectos más importantes de la neuroarquitectura y qué beneficios aportan?

A pesar de que no existe un decálogo propiamente dicho, los neuroarquitectos han detectado a través de numerosas investigaciones ciertos patrones comunes de comportamiento ante determinados estímulos. Ahora, a diferencia de lo que sucedía en décadas pasadas, la neurociencia tiene la capacidad de comprender mejor cómo el cerebro analiza, interpreta y reconstruye el tiempo y el espacio, lo cual da una valiosa información a los arquitectos a la hora de proyectar sus edificios (independientemente de que estos sean instituciones públicas o privadas, espacios de trabajo o hasta viviendas de uso particular). Estas son las principales conclusiones a las que han llegado:

  • Iluminación: la luz natural no solamente ayuda a tener un mejor estado de ánimo. Entre otras virtudes, permite que puedas estar más concentrado porque activa las ondas alfa del cerebro, aquellas relacionadas con las situaciones de relajación, lucidez y ausencia de pensamientos complejos. Por su parte, la luz artificial produce un aumento de la frecuencia cardíaca, incentiva la ansiedad y, además, al tener que esforzarte más en la tarea a realizar, repercute de forma negativa en tu productividad.  

  • Colores: las tonalidades neutras o que provienen de la naturaleza (como es el caso del azul, el verde o el amarillo) son unas buenas aliadas contra el estrés y acrecientan la sensación de confort. Por eso, si desde la ventana de tu oficina puedes ver el mar o un espacio verde, muy probablemente te distraerás menos y estarás más calmado. Esto, obviamente, puede aplicarse a las escuelas.

  • Formas arquitectónicas: las estancias cuadradas son más agobiantes que las rectangulares. Y en cuanto a los ángulos, los contornos suaves o curvilíneos ofrecen una sensación de comodidad y seguridad; todo lo contrario que los ángulos marcados.

  • El ruido: se trata de otro gran enemigo a combatir, ya que estimula la liberación de cortisol, la hormona del estrés. El exceso de dicha hormona puede afectar a la forma de procesar las emociones, el aprendizaje, el razonamiento y el control de los impulsos.

  • Los techos: está demostrado que aquellos más altos son perfectos para desarrollar actividades más abstractas y creativas (de ahí que los artistas se inclinen por esta opción en sus estudios), mientras que los más bajos están expresamente pensados para acciones más concretas que requieren prestar atención a los pequeños detalles (lo que ocurre en los quirófanos de los hospitales).

 

¿Cómo será el futuro de la neuroarquitectura?

Según la ONU, de cara al 2050 se estima que dos de cada tres personas en el mundo residirán en una metrópoli. Es por eso mismo por lo que la neuroarquitectura debería servir de guía para diseñar una ciudad eficiente y un entorno saludable que erradique en la medida de lo posible los efectos dañinos propios de la vida urbanita. 

Cierto es que, en una esfera estrictamente laboral, ya existen en nuestro país réplicas de esas empresas tecnológicas del estado de California que llevan años promoviendo este modelo (ahí están las oficinas de Facebook o Google en la capital), así como el Edificio Cuzco IV en el paseo de la Castellana de Madrid o estudios como ARK Arquitectos y la compañía DoWe, quienes abrazan la neuroarquitectura como pilar de su trabajo. No obstante, esta premisa podría extrapolarse todavía más a las viviendas, escuelas, institutos y universidades, del mismo modo que a los centros hospitalarios y a las residencias de ancianos. Al tratarse de una disciplina relativamente joven, con menos de dos décadas de vida, actualmente continúa en vías de desarrollo. Y a pesar de que lo ideal sería que los arquitectos incluyeran estas ideas en sus proyectos, de momento tan solo son sugerencias que pueden (o no) tomar en consideración. En un mundo ideal, la neuroarquitectura sería muy beneficiosa para todos y cada uno de nosotros, pero aún está por verse si se aplicará de una forma masiva en nuestras ciudades. El tiempo dirá si más que algo utópico pasará a ser una realidad.

 

 

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